COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
10. LECCIONES Y PROPUESTAS PARA EUSKAL HERRIA.
10.1. LECCIONES GENERALES Y SIEMPRE VALIDAS
La ayuda mutua, la solidaridad colectiva e individual, la cooperación simple y compleja, el aunar esfuerzos para reducir el tiempo de trabajo en cualquier tarea y aumentar el tiempo libre, el socializar y comunicar las mejoras técnicas inventadas para acelerar la productividad colectiva, etc., estas y otras prácticas sociales han sido comunes en la historia de la humanidad y todavía las encontramos más o menos debilitadas y adulteradas en muchos pueblos.
Estas prácticas no vienen sólo de las formas de trabajo en cooperación de y en los modos de producción precapitalistas, que también, sino de la misma naturaleza social y colectiva, comunista, de la especie humana. La autogénesis humana hubiera sido imposible sin la cooperación. Todas las mal llamadas "culturas primitivas" vivas conservan fuertes y profundos lazos de cohesión colectiva e individual en los que la cooperación simple y compleja juega un papel decisivo. La misma lengua es producto de la interacción cooperativa y por eso tienden a sobrevivir en el uso del lenguaje incluso tiempo después haber desaparecido las necesidades materiales que le dieron vida.
Tampoco esta supervivencia es un misterio porque responde a la confluencia de fuerzas materiales más o menos contradictorias según los casos. Por un lado, los oprimidos buscan y rebuscan en su pasado y en su presente los instrumentos que les ayuden en su liberación, y también crean otros específicamente nuevos. Por otro lado, los opresores intentan por todos los medios antiguos y modernos, sobre todo nuevos, destruir la identidad siempre re-creada de los oprimidos. En esta pugna, con frecuencia violenta, una y otra vez tiende a aparecer en las condiciones del presente toda la fuerza emancipadora de la ayuda y del apoyo mutuos, de la solidaridad, de la cooperación, del profundo sentido comunista de nuestra especie.
Según sean los modos de producción, esta pugna adquiere una forma precisa y esa cooperación entre los oprimidos adquiere también contenidos precisos impuestos por el modo de producción dominante, pero que se impregnan de los restos heredados o aún vivos y prácticos, aunque no dominantes, dejados por los modos precedentes. En esta compleja escala de influencias y necesidades prácticas, es de importancia vital tanto la solidez creativa de la conciencia popular como la existencia en el interior del pueblo de un sector especialmente consciente y organizado. Esta dialéctica entre la conciencia popular y la organización militante es fundamental para la re-creación de las prácticas de apoyo y ayuda colectiva.
Mientras que los modos de producción anteriores al capitalismo no se caracterizaban por supeditarlo todo a la producción generalizada de mercancías, el capitalismo precisamente sí se caracteriza por ello, por la dictadura omnipotente de la omnipresente mercancía. Esta naturaleza única impone también un ataque especial contra la naturaleza cooperativa y comunista de nuestra especie pues incluso la cooperación más simple y limitada cuestiona el algo esencial el dogma de la propiedad privada y del salariado. Y en la medida en que se avanza hacia la cooperación obrera y socialista, en la medida en que avanza al comunismo, la propiedad, el salariado, la mercancía, el valor y el plusvalor, el valor de cambio y el dinero, es decir, la alienación, no tienen más remedio que ir extinguiéndose, desapareciendo.
Semejante avasallamiento aniquilador concita las resistencias de las gentes oprimidas, y tras la fase de resistencia permite el surgimiento de la fase de ofensiva obrera y popular,. Es aquí cuando surge el proceso que va del apoyo mutuo y de la cooperación inicial y básica a la forma más plena y acabada de sociedad colectiva, cual es la autogestión social generalizada, o comunismo. Durante este proceso, si la lucha mantiene su tendencia de avance, se van dando pasos como los de los comités, los movimientos populares y sociales, los sistemas de control obrero y vecinal, la autoorganización de base, las cooperativas de consumo y producción, las cooperativas de ahorro y los bancos cooperativos, los consejos y los soviets, la autogestión local, etc., para concluir en la autogestión social generalizada.
Sólo con el capitalismo se han desarrollado las contradicciones totales que permiten e impulsan esta tendencia a la autoorganización como base y prerrequisito de la autogestión y, ambas, como impulso a la autodeterminación y autogobierno humano. Es muy frecuente encontrar en la literatura teórica del movimiento obrero revolucionario la expresión "independencia de clase", expresión que nace y es una concreción práctica del principio marxista según el cual "la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, o no será".
10.2. SISTEMA NACIONAL DE PRODUCCIÓN PRECAPITALISTA VASCO
Defendemos la tesis según la cual Euskal Herria fue hasta comienzos del siglo XIX lo que Marx definió como "sistema nacional de producción precapitalista". El capitalismo necesita para desarrollar todas sus fuerzas sociales, ellas mismas cargadas de contradicciones internas, no sólo del poder económico y cultural sino sobre todo del poder político-militar y estatal en manos de la burguesía. El capitalismo es una totalidad sistémica impelida a utilizar todos los recursos posibles en aras del máximo beneficio. Para ello, históricamente, el capitalismo ha ido ocupando pueblos y naciones, obligándoles por fuerza militar y/o económica a obedecer a un Estado extranjero. En nuestro caso, las formas sociales precapitalistas ya habían sido subsumidas por el capitalismo desde el siglo XVI en adelante, y también bastantes de las culturales, pero las formas políticas y militares, y sobre todo muchas formas de propiedad comunal, de aduanas y de impuestos, por citar algunos requisitos decisivos para la acumulación de capital, sólo pudieron ser destruidas sin piedad tras las derrotas militares y subsiguientemente políticas causas por atroces guerras de ocupación desde finales del siglo XVIII.
El "sistema nacional de producción precapitalista" vasco no fue en modo alguno destruido en su totalidad. Recordemos que no sólo Marx y Engels insistieron en la pervivencia de restos de modos anteriores dentro del capitalismo, sino que el propio Lenin, como hemos visto, estudió a fondo esta pervivencia en la Rusia de entonces, e insistió precisamente en la importancia de esta cuestión en los momentos tan críticos de comienzos de 1918. Recordemos que también Mariátegi, Mao Tse Tung, Diego Rivera, Ho Chi Ming, y otros marxistas, estudiaron a fondo este problema. La razón es muy sencilla ya que nos remite a la capacidad de los pueblos no totalmente o tardíamente alienados por la dictadura mercantil del capitalismo para rescatar, re-crear y desarrollar creativamente partes de los medios precapitalistas de cohesión, de autodefensa, de autocentralidad, de ayuda y apoyo mutuo, de defensa a ultranza de la propiedad comunal, de asambleísmo de base y crítico, etc.
La mentalidad eurooccidental del grueso de los socialismos y de la totalidad del pensamiento democrático-burgués, ha despreciado muy profunda e irracionalmente esta realidad histórica innegable. El llamado "marxismo estatalista", español y francés, también. Son incapaces de comprender que fuera de la lógica de Estado que les encarcela y encadena, existan movimientos revolucionarios de liberación nacional capaces de tender un puente entre el pasado y el futuro. Su estatalismo no es accidental, cosmético y transitorio sino causal, profundo y permanente. En ningún momento cuestionan su Estado como lo que realmente es, una cárcel de pueblos y naciones y el espacio material y simbólico de acumulación capitalista. Atrapados en este agujero negro de egoísmo estatalista, conciben como un peligro reaccionario e irracional, milenarista y primitivo, el avance independentista de las naciones que su Estado oprime. Los derechos democráticos que dicen defender acaban donde comienzas las atribuciones burocráticas de su Estado y de su economía. Fuera de eso solo cabe represión, tortura y cárcel, o la muerte.
El "sistema nacional de producción precapitalista" vasco sí mantuvo mal que bien viejas formas de autoorganización y autodefensa del pueblo trabajador, como hemos visto. Y cuando estuvieron a punto de entrar en definitiva descomposición, la reacción recuperadora provino de una mezcla de clases que vivían en el interior mismo del horno a presión máxima en el que bullían todas las contradicciones causadas por la ley del desarrollo desigual y combinado del capitalismo. Por desarrollo desigual entendemos el hecho cierto de que fuera en el pueblo más antiguo del Estado español, en donde primero surgió el movimiento obrero más activo. Por desarrollo combinado entendemos el hecho de que ese movimiento aprendió muy rápidamente lo mejor de las teorías revolucionarias. Por desarrollo desigual y combinado, en síntesis, entendemos la dialéctica histórica capaz de fusionar lo más particular, específico e identitario de la única cultura preindoeuropea existente en Europa con lo más general, global y universal del capitalismo mundial.
La dialéctica de lo desigual y combinado permitió que la memoria autoorganizativa y de autodefensa del pueblo trabajador, mayoritariamente campesino hasta el final de la década de 1881 en Euskal Herria, pudiera adaptarse muy rápidamente, aunque con tremendos traumas y desgarros, y responder con una impresionante oleada de luchas de todo tipo, con sus altibajos, pero tendencialmente ascendente hasta que la cortó con sangre el franquismo en 1937. Hablamos de la larga fase de luchas ascendentes de entre 1891-1937, fases con sus subfases, con sus picos de auge y sus valles de derrotas. Del mismo modo, desde 1947 y especialmente desde 1966, se puso en marcha otra oleada ascendente que, esta vez, sólo pudo ser contenida aunque no derrotada definitivamente gracias al colaboracionismo sistemático del "marxismo estatalista" con la represión judicial, administrativa y policial, a partir de 1977-84.
Una característica de ambas fases fue la creciente importancia de la autoorganización, de la imbricación de los movimientos populares y sociales con y en el movimiento obrero, de la expansión de las movilizaciones muchas veces más allá de los estrictos límites fabriles, de taller y de empresa. Contra esta tendencia en ascenso intervinieron todas las represiones y, desde 1977 todas las fuerzas reformistas políticas, sindicales, culturales, institucionales, mediáticas, sin olvidar a la propia Iglesia. La historia del cooperativismo obrero y de los movimientos consejistas, que tuvieron apreciable fuerza, es inseparable de estos condicionamientos.
El "sistema nacional de producción precapitalista" vasco estuvo aleteando y palpitando por debajo de las nuevas fuerzas capitalistas dominantes en aspectos decisivos para entender los procesos vistos como son, uno, la incapacidad de las represiones y de los sistemas de absorción/ desintegración del reformismo y de las instituciones en todo lo que concierne al decisivo universo de la autoorganización popular en lucha por la re-creación de la identidad nacional, y otra, la conquista de la mayoría electoral por el sindicalismo abertzale en sus dos ramas, y la fuerza relativa pero apreciable si la comparamos con la existente en otros sitios, del sindicalismo no reformista y muy sensible a las reivindicaciones nacionales vascas. Ambos casos, que en sí mismos se ramifican en múltiples temas que no podemos analizar, son definitivamente demostrativos de la presencia de componentes profundos de las relaciones de solidaridad, de apoyo mutuo, de autoorganización, etc., precapitalistas.
Actualmente y en general a lo largo de la década última del siglo XX, asistimos a una nueva fase y como las anteriores, contradictoria y limitada en sus inicios. Pero, como hemos visto antes, esta nueva fase debe enfrentarse a una mezcla de aspectos nuevos, de viejas constantes modernizadas por la burguesía, de un sabotaje sistemático por parte del reformismo político-sindical, etc. En movimiento obrero y popular, sus organizaciones y sindicatos más concienciados, no parte de la nada, no carecen de memoria y de teoría válida, tienen experiencias de lucha muy valiosas y enriquecedoras, y de entre ellas debemos destacar la dialéctica de re-creación de la identidad popular y trabajadora precapitalista pero, sobre todo por los años transcurridos y los cambios estructurales habidos, debemos insistir en la capacidad de crear nuevas dinámicas aprovechando las bases logradas con la re-creación anterior.
10.3. AUTOORGANIZACIÓN, AUTOGESTIÓN Y AUTODETERMINACIÓN
El sistema nacional de producción precapitalista vasco ha dejado en nuestra praxis no sólo las palabras que hemos visto anteriormente y que denotan la fuerza de lo colectivo en el complejo lingüístico-cultural euskaldun y, por tanto, en nuestra forma de entender el mundo, sino también una forma precisa de valorar mediante la acción colectiva y autoorganizada lo que nosotros mismos hacemos y lo que hacen los demás. De un modo u otros, con muchos problemas y dificultades, hemos logrado contra todo pronóstico mantener vivos componentes vitales que, ubicados, contextualizados y enriquecidos por las nuevas estructuras capitalistas, permiten re-crear viejos modelos del proceso global que va desde el apoyo mutuo hasta la autogestión social generalizada y generar otras nuevas.
Todo sujeto individual y colectivo que sufra explotación, opresión y dominación tiende tarde o temprano a iniciar una resistencia, una oposición. Tardará mucho tiempo e incluso su resistencia será meramente ideal, utópica, pasiva, escapista y religiosa, pero aún así en el interior de esa débil y hasta silenciosa protesta siempre palpita un pequeñito germen que, si crece, puede llegar a ser un brote autoorganizativo. Los poderes siempre han sido conscientes de esta peligrosa tendencia que de la nada puede avanzar a lo posible y de ahí, a lo probable para culminar, si todo sale bien, en la liberación. Pues bien, en y por nuestra historia nacional hemos acumulado ya una masa crítica de brotes de autoorganización popular que sólo pueden ser aplastados por la fuerza brutal, y eso transitoriamente.
Hay que tener en cuenta que partes cualitativas y mayoritarias de nuestro pueblo han asumido ya que si disponemos de una muy poca capacidad de recuperación nacional y de creación de nuevas posibilidades, si hemos logrado eso, no ha sido gracias a la generosidad española y francesa sino precisamente gracias a la lucha contra esos Estados y contra sus agentes internos. Y esta es una lección que no se olvida nunca porque ha costado mucho construir lo poco realmente nuestro que tenemos. Sectores decisivos saben y conocer por experiencia propia que solamente la autoorganización propia ha permitido llegar a donde hemos llegado. Pero la autoorganización no se conquista para siempre, de una vez por todas, sino que es un esfuerzo permanente que necesita crecer y expandirse.
La autoorganización se caracteriza por ser la capacidad de las masas oprimidas de organizarse a sí mismas. Pueden perfectamente admitir e incluso buscar ayudas exteriores, institucionales. Pueden también exigir esas ayudas, luchar porque se establezcan por ley democrática toda una serie de discriminaciones positivas para los sectores más aplastados. Pueden luchar por esto y mucho más, pero en el fondo, la autoorganización es tal cuando defiende ferozmente su derecho/necesidad a controlar ella misma los recursos decisivos de la organización de que se trata. Mientras que la dependencia consiste en ser organizado por, desde y para el poder opresor, aunque esté camuflado con la piel de cordero, por el lado opuesto a autoorganización consiste en conservar y ampliar el autocontrol, la posesión exclusiva de las palancas prácticas y reales que garantizan que la autoorganización continuará existiendo aunque el poder opresor haya cerrado todas las ayudas, haya prohibido todo lo prohibible y haya golpeado con toda su furia. No existe autoorganización cuando el otro el que te organiza.
Por esto mismo, la autoorganización sólo puede sobrevivir cuando ella misma empieza a autogobernarse, a autoadministrar ella misma sus recursos, sus fuerzas y sus proyectos. O sea, la autoorganización puede sentirse con una cierta seguridad cara al futuro en un mundo de incertidumbre cuando empieza a autogestionarse, a gestionar ella misma su propia organización mirando al futuro. Y autogestionar quiere decir empezar a controlar y a reducir la dependencia del exterior, a controlar y reducir la presencia de la incertidumbre y la amenaza, el azar y el desorden exteriores. Es verdad que en la autoorganización ya está presente una cierta capacidad de control de lo exterior incierto y peligroso, pues toda autoorganización es en sí misma una conquista de libertad operativa y de libertad de decisión y opción entre posibilidades. Nada de ello se lograría sin medios informativos propios capaces de poner a disposición los conocimientos imprescindibles.
Esta lógica explica porqué se ascienda con relativa facilidad de la autooganización de base a la autogestión del colectivo que se organiza a sí mismo. Más temprano que tarde, cualquier sujeto o colectivo que quiera seguir existiendo como tal debe dar el salto al nivel correspondiente de autogestión, al que mejor convenga a sus planes de existencia como colectivo o como sujeto. La autogestión aparece por tanto como una necesidad de supervivencia antes que como un simple derecho abstracto. Una necesidad impuesta por la lógica misma de ruptura con el orden de sumisión, dirigismo y control del poder dominante.
La autogestión no puede darse donde no existe una previa autoorganización. Allí donde exista una gestión delegada y teledirigida pero tolerada por el poder dominante, allí sólo puede existir una humillante gestión parcial y pobremente autónoma, cuando no simple descentralización, concedida e incluso impuesta por el poder dominante. Son simples gestores más o menos ineficaces pero siempre útiles. Y cuando dejan de ser útiles y devienen en una traba burocrática e inepta, desaparece la tolerancia del poder y se impone otra gestión. Esta dinámica se desarrolla en todos los órdenes de la existencia capitalista, desde los más privados e individuales, íntimos, hasta los grandes y decisivos conflictos entre las naciones, las clases y los géneros. También se dieron en todas las grandes estructuras burocráticas precapitalistas, de cuyas experiencias el Capital ha extraído muchos conocimientos disciplinadores contra y del Trabajo.
La autogestión significa la capacidad consciente de los autoorganizados para no sólo administrar su presente sino sobre todo preparar la navegación entre las olas de posibilidades e incertidumbres, de peligros existentes ya en el presente y que se proyectan hacia el futuro. Si esta capacidad de prever y proyectar ninguna autogestión durará en el tiempo. Es decir, la autogestión requiere una dosis de poder de elección a medio plazo. Y en la medida en que aumentan los colectivos autogestionados aumentan sus interrelaciones y conexiones con lo que aumenta la necesidad del debate colectivo, de la solidaridad y del apoyo mutuo, de la cooperación para que ningún colectivo autogestionado engorde a costa del enflaquecimiento de los demás. Quiere decir esto que sin democracia colectiva no existe autogestión social. Por tanto, algo tan antidemocrático por su identidad esencial como es el mercado capitalista, es incompatible con la autogestión.
De la autogestión local y parcial de un colectivo a la autogestión más amplia hay un proceso no sólo cuantitativo, sino que llega a un punto de no retorno, a acumular una masa crítica de la que emerge un punto y momento de bifurcación. Momento y punto en el que se presenta la necesidad de dar el salto impulsor a la emergencia de lo nuevo, de lo cualitativo, de lo que ya se desarrolla con una complejidad superior a la alcanzada antes de la bifurcación. Estamos ante el proceso autodeterminativo en cuanto proceso que en un momento preciso significa y exige la opción por un proceso nuevo. Momento de bifurcación significa momento de autodeterminación. Ningún colectivo autogestionado puede seguir siéndolo largo tiempo y cabalmente si tarde o temprano no se enfrenta al problema crucial de optar por vías cualitativamente superiores, más complejas y ricas en conexiones con el resto, de desarrollo.
La autodeterminación aparece así como la prueba vital, de fuego, a la que tarde o temprano cualquier individuo o colectivo que ascienda en su emancipación ha de enfrentarse. Opta y salta, o se retira, retrocede y es derrotado. Por esto, la autodeterminación, para llegar a ser efectiva, es decir, para poder plantear las posibilidades genéticamente dadas y no señuelos tramposos, debe previamente desarrollar la totalidad de opciones básica que se presentarán en el momento optativo. Ocultar alguna de ellas es vaciar y castrar la riqueza de lo complejo emergente. Comprendemos así la decisiva importancia que tiene para cualquier momento autodeterminativo la previa riqueza en autogestión y autoorganización. Sin estas dos condiciones previas, caracterizadas por multiplicar lo instrumentos de conocimiento, debate, decisión y práctica autocrítica , la autodeterminación será una trampa.
Existe una malla interna que cohesiona la autodeterminación, la autogestión y la autoorganización de las masas oprimidas, y no es otra que la decisión emancipadora que surge de la conciencia de la necesidad y de la libertad. Libertad como conciencia teórica de la superación práctica de la necesidad. Esta visión recorre internamente y vertebra el proceso global entero que va de la autooganización a la autodeterminación, y ella misma también explica porqué esa autodeterminación será fallida si no opta decididamente por la independencia.
La independencia es la capacidad de autogestionar la reducción de las objetivas relaciones de dependencia para con el entorno exterior, buscando siempre reducir los umbrales de incertidumbre, oscuridad informativa e incapacidad de respuesta o simplemente excesiva lentitud de respuesta ante lo novedoso. La independencia es la capacidad adaptativa de mejorar las soluciones viejas a problemas nuevos y la capacidad de crear de otras soluciones nuevas para esos problemas, capacidad de un individuo o un colectivo ante la incertidumbre, el azar y la contingencia con que inicialmente irrumpe lo desconocido, lo novedoso. La independencia es la multiplicación consciente de las posibilidades en enriquecimiento evolutivo que se obtienen mediante el aumento de la complejidad del sistema independiente. Independencia y autogestión de la complejidad del sistema propio, e independencia y autoorganización de las bases de mayor complejización enriquecedora, ambas relaciones forman una unidad dialéctica.
Ahora bien, por su misma naturaleza, y al margen del colectivo o individuo de que se trate, siempre la decisión independentista comporta un riesgo, un peligro, porque siempre optar por reducir las dependencias objetivas arrastra unas dosis más o menos altas de riesgo, sobre todo cuando ese ejercicio de libertad conlleva una merma de los privilegios del poder dominante. Por eso la independencia de acto produce nerviosismo, ansiedad, angustia y, frecuentemente, miedo.
Con demasiada frecuencia, las gentes, las clases y hasta las naciones se pliegan al miedo que produce la libertad, retroceden bajo la presión de la angustia anterior al momento de optar libremente. Visto así el problema, aislada y estáticamente, apenas hay solución posible y todo parece indicar que más que ante una opción libre y consciente, estamos ante un arriesgado capricho carente de toda seriedad y seguridad, o ante una irracional pulsión rayana con el suicidio. Pero visto el problema en su historicidad material, como un proceso ascendente que acumula fuerzas y confianza según avanza de la autoorganización a la autogestión y de aquí opta por la independencia mediante la autodeterminación, comprendido así el entero proceso, la cosa cambia radicalmente.
El secreto de este cambio de perspectiva no es otro que el efecto beneficioso que produce en el ánimo y moral de lucha el constatar que a cada avance aumenta el poder propio, la capacidad de optar por más conquistas, optar con más alternativas y disponiendo de más conocimiento e información. Desde siempre se ha sabido que, como dijera Marx, "un avance práctico vale más que cien programas", y también se ha sabido que, como dijera el Che, "la mejor pedagogía es el ejemplo de la práctica". El proceso que va de la autoorganización a la autodeterminación es una irrebatible confirmación de dicha experiencia histórica. Las conquistas concretas y palpables de un pequeño derecho antes negado, de una reducción del tiempo de trabajo alienante, de aumento del tiempo libre y emancipador, de mejoras sociales y cotidianas, estas conquistas aumentan y refuerzan la voluntad de lucha, de seguir adelante y de atreverse a optar en cada momento de bifurcación, de salto y apertura a lo nuevo.
Por último, el efecto beneficioso no sólo multiplica los ánimos en la propia lucha, en el enfrentamiento concreto que se mantiene, sino además tiende a generalizar y comunicar a los demás lo positivo de la lucha. Queremos decir que, mientras la concepción burguesa sólo admite la pobre mejora individualista y egoísta, la concepción obrera y popular de la autogestión social insiste precisamente en esto último, que es una práctica que tiende a socializarse, a divulgarse y extenderse porque, dado que todo está relacionado con todo, la más pequeña autoorganización es un ejemplo para los problemas de alrededor, y la más pequeña autogestión es un ejemplo para las gentes de alrededor. O en otras palabras, los procesos de emancipación práctica tienden, si no son abortados, a multiplicarse e impulsarse mutuamente, creando espirales particulares de emancipación que se acercan al centro donde radica el problema decisivo del poder y, a la vez pero a otra escala, creando universos, rizomas, densos bosques repletos de complejas diversidades siempre estructuradas por la dialéctica de la lucha entre el Capital y el Trabajo.
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